Al cajón de cosas inútiles: el tiempo

quejas contra el tiempo




No es por echar aquí una parrafada de reclamo, pero acaso ¿no se han percatado que el tiempo es uno de los elementos más antinaturales e inútiles que existen? Para empezar no viene en un formato compacto que lo haga portátil y útil en el momento adecuado. Uno puede sacar por ejemplo una cajita de cerillas, tomar una de ellas y en un despliegue de servicio encontraremos una llamita amable dispuesta a ser usada. Qué hay de un vaso con agua, lista, contenida y fresca siempre disponible. O la domesticación del viento  en los globos. Vaya, hasta la electricidad pone de su parte, pero no hay modo de empaquetar un pedacito de tiempo para usarlo a voluntad.

Luego viene la incomodidad que ocasiona la linealidad. Dónde se ha visto un material que se niegue a comportarse como dios manda. No gira, no tiene reverso o anverso, pero sobre todo, no va para atrás ni puede ser conducido a otras direcciones. 

Y aburrido que te mueres. No hay modo de acelerarlo un poquitín para que la odiosa junta de padres de familia termine pronto y podamos dedicarnos al oficio de echarnos en el sillón a ver unas dos o tres películas en el transcurso de una hora estirada  por sus extremos. Nada, a fastidiarse porque  dura lo que dura.

Eso de las películas me trae otra de las pocas ventajas que ofrece éste pequeño y monótono elemento, una continuidad sin finales ni cortes dramáticos. Permítaseme dedicar un par de líneas más al respecto. Dadas las nuevas tecnologías y la proliferación de seriales de televisión (que debo decir que hacen mucho más felices nuestras vidas), uno espera con ansias el inicio de una nueva temporada. Así estructurado todo, como en los buenos libros, uno asiste al espectáculo del inicio-clímax-desenlace, que dicho sea de paso, nos permite dar un sentido a la realidad. Pero ¿Qué pasa con la vida de todos los días? Ahí está el meollo. No hay cortes ni finales reales. 

Esos que andan por ahí pregonando que “este año es año de cierre” o que “pronto llegará la cereza de su pastel” mienten con todo cinismo. El tiempo es un suéter de punto que se desteje sin seguir los patrones que tanto trabajo nos da imaginar. Para muestra un pequeño ejemplo cotidiano. Viene una amiga bañada en lágrimas a contarme que el fulano de turno, que entonces ocupaba su tiempo y por qué no decirlo, también su casa y su nevera, decidió que era buen momento para sacar sus tres trapos del clóset y llevarse con él las lámparas del comedor. Entre sorbedera de mocos enuncia a los cuatro vientos que el asunto terminó, pero terminar, terminar. Dos meses después se inscribe a un taller de perdón y no sé cuanta falacia más, para lidiar con el consabido “soltar y dejar ir”. Sigue la historia, ella dando vuelta a una página bastante arrugada y manoseada, libre del patán que también aprovechó para vaciarle las gavetas y el tanque de gasolina del auto. Uno piensa entonces que nuestro, terriblemente ninguneado, tiempo se ha comportado a la altura por fin. Sin más ahondamientos en el caso les contaré que la amiga volvió hace ya unos días con el tipo y tiene más de nueve semanas de un embarazo que marcha viento en popa. ¿Dejar ir y soltar? Mis polainas. 

Si bien hay eventos que parecen marcar un momento y llenarlo de cierto significado, también lo es que no hay punto final ni inicial a nada. Todo es una sucesión de situaciones que se comporta como los actuales procesadores de texto, ligando una hoja virtual a otra  como si la vida fuera un acto de generación espontanea. Ya los escucho persiguiéndome con antorchas y tridentes preguntándome a voces sobre la muerte y el nacimiento ¿acaso no son argumentos para dejar de despotricar contra el vapuleado tiempo? No puedo dar una respuesta concreta,  pero si me permiten lanzaré una pregunta ¿Se nace al momento de salir del vientre o al ser concebido o al respirar por primera vez o cuando se ha tenido una emisión de esperma? Ya saben a lo que voy ¿se muere uno por completo cuando se deja de respirar, cuando la vida decide dejar el cuerpo, cuando las células se degradan por completo?

Es por todas estas razones que postulo al tiempo como una de esas cosas inútiles de las que habríamos de prescindir del todo. 

Como una nota adicional me dirijo respetuosamente a todos aquellos que se dedican al arte de la relojería, las mediciones olímpicas y la física teórica, para pedir una disculpa si gracias a mi prudente, pero muy y que muy fundamentada diatriba, pronto pierden sus empleos. Siempre pueden dedicarse a elaborar cajas de fósforos o recipientes para agua, ya saben, esas cosas que sí le hacen un favor a la humanidad.  

¿Están de acuerdo?

relatividad del tiempo
Publicar un comentario