Mostrando las entradas con la etiqueta diccionario sueños. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta diccionario sueños. Mostrar todas las entradas

Diccionario de sueños: Desierto



diccionario de sueños


Soñar con el desierto puede llevar a múltiples interpretaciones y por consecuencia, a perderse dentro de él, con mucha suerte sólo durante 40 días y con muy poca para siempre. 

El desierto siempre actúa como un terreno de sueño de la siguiente manera: 

El soñante se encontrará de súbito en un sendero conocido, por donde es posible reconocer ciertas señales que lo llevan hacia algún sitio predestinado. No importa saber hacia dónde ni porqué, lo único que vale aquí es continuar por los senderos marcados. 

Los carteles anuncian un porvenir que presume ser idéntico al anterior. Se detiene, detrás de él un sendero plano y pavimentado, delante uno idéntico que se oculta entre la curvatura de la tierra. Continúa un poco más y sin previo aviso una valla del doble de su estatura franquea el paso.

Con gran despliegue de habilidades evalúa sus posibilidades. Decide que lo mejor será caminar hacia la derecha y con la punta de los dedos seguir las rugosidades para que no quede duda. Mientras  toque la valla y marche en línea recta todo estará bien. El cansancio no tarda en vencerlo  y con los pies ajados continúa a pesar de dolor y el agotamiento. Llega al final. Ahí se abre un enorme terreno plano con pequeñas colinas que se desbaratan tan pronto sopla la brisa.


Se interna en el espacio abierto más por costumbre que por ganas. Un poco después el cuerpo se resiste a moverse. Duerme dentro del sueño. Sueña en blanco, sin sonidos ni imágenes, todo es una bruma gris de suaves bordes que lo arropa. 
desierto sueño

El cuerpo despierta con la sensación de seguir en un sitio conocido pero, con los primeros rayos estrellándose en las pupilas, cae en cuenta que el desierto sigue idéntico al de antes. Plano, requemado, infinito. Recuerda la única referencia que podría devolverlo al tiempo de los senderos bien identificados bordeados de plantas. Gira en torno varias veces, según sus cálculos, la punta de la valla estaría ubicada  detrás, pero en este sitio no parece haber atrás o adelante, debajo sólo el polverío cubierto de escasos pedruscos, encima sólo un espejo azul multiplicando la nada de la tierra.

Corre hacia el lugar de donde salió, pero es sólo una estimación vaga. No existe tal sitio. Cada pequeño sendero que imagina es un camino en redondo que se come la cola e inicia otra vez. Añora la lluvia que le empapaba los calcetines, los pequeños baches, los compañeros mudos que encontraba de tanto en tanto en el trayecto. Aguza la mirada con la esperanza de distinguir a alguno que, como él, camine sin dirección. No hay nadie. Grita para pedir ayuda, para implorar un cuenco con agua, para regresar a casa.  Ni la respuesta del eco. 

Arrastra los pies llagados, el dorso de la mano sobre la frente, entrecierra los ojos e imagina alguna irregularidad en el terreno, un pequeño bulto que se le escabulla de la consciencia. Hace de sus piernas un eje que sostiene la esperanza de encontrar la puerta de salida. Lo mismo, arena y cielo.

Hace ya un rato dejó de gritar para no desperdiciar las fuerzas, pero el silencio retumba de tal modo en las puntas de los oídos, que necesita expulsarlo. Murmura para no sentir la opresión del universo volcándose encima. En el desierto las palabras pierden sentido en cuanto las pronuncia y se convierten en dientes de león que no encontrarán jamás terreno fértil para encajarse. 
soñar con desierto

De repente viene una ola inmensa de rabia y el soñante camina manso hasta ella, está por tragarlo y los pasos no se detienen. Está ahí. Siente su golpe seco sobre la cara, encima de los hombros, ardiéndole en la mitad de la columna, estrujando todas las vísceras. Libera el grito con todas sus fuerzas. Al retirarse arrastra torrentes desde el centro de la garganta hacia afuera, volcándose por ojos, boca y nariz. Camina y grita, camina y cuestiona ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Cómo saldrá? Camina y le desespera del cielo y la tierra multiplicados, infinitos, carentes de señalización.

A 39 días de darse por vencido, recuerda que hubo un hombre que salió vivo de una prisión de muros que se cerraban y abrían por la voluntad de dioses astados. Recuerda una mujer que deambuló por pasillos colmados de libros y encontró un sitio perfecto para echarse a leerlos todos. Recuerda a alguien que perdió la vista y aprendió a caminar sin necesitarla. Es entonces cuando el soñante, en medio de éste laberinto abierto e infinito, por primera vez eleva una plegaria al cielo para que la alarma suene antes, al menos por hoy.

Diccionario de sueños: Perro




Soñar con perros, querido lector, manifiesta la aparición de animales guías que regresan para conducirnos por  caminos que transitamos a ciegas, el repentino contacto con los sentidos primitivos olvidados o ese pequeñito espacio de nuestro corazón de soñante, en que créalo o no, podemos querer a otro ser que no es uno mismo. Los significados son variables y se reacomodan en formas imprevisibles.  Todo depende del contexto, la cantidad de animales y sobre todo del soñante. O pueden ser esos perros que permanecen inmóviles mirando la noche en interminable canción. O bien pueden apoyar sus patas delanteras sobre nuestras piernas para darnos la señal de avanzar. En todo caso, éste tipo de  sueños zoomórficos terminan dejando una impresión viva de haber sido soñados, bastante difícil de borrar aún en la vigilia. 

Uno de estos sueños podría ocurrir de la siguiente forma, que traigo aquí resumida, por tratarse de un estudio a cierto grupo de soñantes: 

Digamos que uno está en su casa de antes, la que considera su verdadera casa quiero decir,  y se dirige al patio trasero, donde bajo un techo poco definido se encuentra el perro de nuestra vida. Todos tenemos uno. Pequeño, amarillo, somnoliento. Entonces caminamos despacio hacia él. Dos cosas suceden: o tiene mal genio, o bien se deja mirar resoplando en la sombra de su refugio. En todo caso, decidimos acercarnos recordando las suaves ondas de su pelambre entre nuestros dedos y el viejo olor que nos devuelve a un  espacio y un tiempo que creíamos perdido,  donde sí, alguna vez fuimos dichosos.

Descubrimos que está despierto por los guiños de las orejas moviéndose en nuestra dirección. Levanta la cabeza y mientras se le cuelgan los extremos de la  cara, los músculos se tensan. Ahí está ensartándonos sus ojos redondos circulados por una breve línea dorada. Es él, es nuestro y nosotros somos suyos. Dos situaciones ocurren en el grupo de soñantes: o el perro regresa a su antigua posición arrellanándose en el piso de su improvisada vivienda, o bien nos ha reconocido y comienza el bamboleo de la cola que se estrella rítmicamente en el interior de las paredes. Fiesta y tambores. En todo caso, sin pensarlo siquiera, lo llamamos una vez más por su nombre real, ese que le pusimos nosotros. 

Se despereza pronto y sale curvando el cuerpo de un extremo a otro. Es feliz como sólo los perros saben ser: como un caracol de mar, una ola, una flor en la ventisca, el nacimiento de los hongos tras la tormenta, las notas de la canción que nos cantaban de niños, las nubes deshaciéndose en el cielo. Nuestro perro. La alegría sin sitio de inicio ni partida. Los soñantes reportan dos vertientes: o da un paseo circular alrededor y vuelve a su paraíso recalentado por el sol, o bien se acerca presuroso para restregar sus costillas contra nosotros. En todo caso no se trata de un animal genérico entretejiendo su cuerpo con el nuestro, sino del retorno a días venturosos inundados de la certeza que nos permite seguir viviendo: somos uno. Somos él. No estaremos nunca solos.

Da un par de saltos, nos anima con los endurecidos cojinetes de las patas, se retuerce, escurre varias líneas de saliva espumosa sobre el encementado.  Buscará ese juguete lleno de pelos y tierra que ha escondido entre las matas altas. Apenas ahora reparamos en que hemos  incorporado ese juguete húmedo a nuestra memoria de  objetos significativos. Incluso le hemos dado un nombre también. Nuevamente la encrucijada: o nos damos media vuelta y lo dejamos expectante, o bien comenzamos la danza de atraer, lanzar y dejar ir a sabiendas de que volverá hecho un garabato en inercia. En todo caso recordamos aquellas rutinas con el sol saliendo apenas tras el muro de la casa, la textura de sus babas, la fuerza que invita, que repele, que tienta, que busca el placer del juego. Encontramos que aún con todo podemos entregarnos al disfrute mientras desaparece la congoja. Sonreímos aunque no podamos vernos a nosotros mismos y la risa nos llega al hígado y se estremece en las manos cuando acariciamos esa cabeza más conocida que la propia.

Casi por instinto colocamos una rodilla en el jardín de ese hogar compartido. Acercamos la cara a la suya, no hay peligro, no hay colmillos ni sorpresas, queremos mirarlo así de cerca, reencontrarnos con su patrón de manchas, con la barriga rosa que frotamos tantas tardes junto a la ventana, el mecanismo de sus garras chatas y sus tenues sonidos de resuello. Queremos quedarnos un poco más reflejándonos en el espejo negro de sus ojos. En ellos se esconde la primera noche entre ladridos y sollozos, las bolsas de basura destrozadas en pos de un tesoro, el escape frustrado por el portón exterior, el cuerpo mojado en las tardes lluviosas, los alimentos compartidos debajo de la mesa, los saltos sobre los muebles, la compañía en medio de la oscuridad aquella noche. Quizás él también pensará en todo aquello y en nuestra complicidad de (el mayor porcentaje coincide) buenos amigos.

Tenga en cuenta, querido lector, que algunos soñantes conseguirán, en un golpe de suerte, abrazarle antes de que llegue la vorágine del tiempo. Otros despertarán con su nombre masticado entre la boca. Pero los más permanecerán con los ojos cerrados intuyendo que él no ha cesado de existir aunque salgamos del sueño, porque nuestros recuerdos no diluyen ni un ápice a pesar de que los perdamos de vista. Una cosa es cierta: todos los soñantes sonreirán, aunque a esas horas nadie pueda verlos, ni ellos mismos.

Diccionario de sueños: Casa




Casa de pájaros


Soñar con una casa, querido lector, es adentrarse a los confines de quien se está siendo. Porque el sueño (piénselo ahora que puede tener conciencia del movimiento del segundero), es el territorio de la abolición del pasado y futuro. Todo está ocurriendo dentro de estas paredes que aparecen sólidas en el instante mismo en que las concebimos, pero se borronean cuando dejamos de prestarles atención.   


Ese soñador genérico que puede ser usted o yo, aparece siempre dentro, no toca a la puerta ni desarrolla una historia sutil de llegada con  saludos, permisos para entrar y acceso. La casa se lo traga sin que se dé cuenta. Es un Jonás que no existía antes de la ballena y que ya no recuerda nada más que esas paredes orgánicas. 


La casa es nosotros, la reconocemos mientras empezamos a vagar por las habitaciones que algunas veces están cerradas, pero, esto es importante, tenemos la certeza de todas las llaves. La casa está ocurriendo, cubo a cubo, habitada siempre por un yo inmutable echado sobre la alfombra  tecleando algunas ideas sobre la vida.  


Abre la primera puerta: dentro está la madre mirando televisión sentada sobre ese sofá raído en los reposabrazos, ya están dando el programa que le gusta. Sólo desvía por un segundo la atención para comenzar con otra raya de tejido de esos suéteres que teje y desteje para que su existencia parezca productiva y significante. Esos suéteres que usted no quiere llevar a la escuela, porque los tejidos a mano son la oposición al progreso. Quiere llamarla y decirle: mamá, hoy tengo la misma edad que tenías en ese entonces, quiere ponerse el suerte que le quedaba grande a los ocho años, pero…


Usted sigue sin moverse, es la casa quien va directo a las sensaciones de su cuerpo y a sus recuerdos. El momento del sueño es una sucesión de eventos encadenados acaso por un pasillo amarillo que siempre está rematado por un árbol de navidad encendido en medio de la penumbra. Se detiene hipnotizado por las luces parpadeantes. Puede quedarse ahí saboreando los colores aparecer y desaparecer, pero otro cuarto irrumpe en la escena. 


El silencio se transforma en los azulejos desportillados del baño azul.  Rebusca en el cielo el ganso pardo hecho de humedad que lo acompañaba mientras permanecía a solas, en el único sitio del mundo donde era posible escapar de la  realidad. De todos los objetos que perdió en sus múltiples mudanzas, el ganso transformista es el que más extraña. Tal vez por eso tenga aquella tendencia a mirar los techos de las casas nuevas, para amigarse con ellas a través de los monstruos que viven en sus grietas. 


Sin embargo, antes de hallar su palmípedo perdido, comienza a bañarse dentro de la cama y se pierde de nuevo mirando el vacio, pensando lo que se piensa en los sueños, quizás en la proximidad del jabón en barra o en los dobleces de la colcha. Ahora que ha tomado el baño puede reconocerse con el cuerpo despierto, en la comodidad de espacios limpios brillando al sol. 


La ventana confirma el día empezado detrás de la cortina. Está cerrada  eternamente para que el exterior no se asome a verlo. Se entretiene pensando en los amores de los habitantes azul y blanco de la tela, animados por  una ligera corriente que se cuela por el cristal roto. Ellos saben los secretos de su alcoba porque siempre le miran con sus ojitos textiles, pero son discretos y usted los tiene por buenas gentes.


El soñante es un cuerpo de paredes, un cuadro de una vista de París antes de los rascacielos, una mesita de noche sobrecargada de libros que nunca terminó de leer. Todo suyo, todo usted, rodeándolo en cada resquicio. Las sabanas lo arropan con un abrazo frío cuando se desliza para explorar otros territorios no recalentados por su cuerpo. Los tapetes le secan los pies. Las almohadas le sostienen la cabeza. Las sillas le entregan reposo incómodo. Los estantes contienen sus momentos compartidos con los visitantes impresos en los cantos de las pastas. 


Nunca se ha mudado de esa casa suya en la que sueña. La casa de uno no puede pertenecer a nadie más. Es mentira que ahora habiten otros cuerpos sobrepuestos en el mismo entorno. El soñante hace que el color de las paredes permanezca intacto y que nunca se reparare el cristal roto con el que su madre se lastimó la palma de la mano. Idéntico está su perro, mirándolo fijamente para decirle con ese lenguaje familiar  que lo meta durante la lluvia. Es la vida a la que se le agregan cuartos pero permanece en una inmovilidad perfecta. 


Más allá es lo negro,  aunque invierno o primavera, el sobrante de la vida que no tiene focos para alumbrarlo. ¿Para qué salir de casa si no hay nada que hacer afuera? Por eso se pone a dar vueltas por las habitaciones interminables: el cuarto que compartió con sus hermanos, la estancia el único día en que encendieron una chimenea, el mundo de moronas debajo de la mesa del comedor, la primera cocina con olor a coliflores hervidas, el lavadero quebrado con vista sobre la ciudad. Decide quedarse ahí, en ese hogar le ha construido la forma el alma. No tiene a donde más ir.


En esas está, terminando de instalarse, cuando escucha el timbre. Hay alguien detrás de la puerta y usted se dirige a abrirla porque no es educado dejar al visitante esperando. Abre sin pensárselo. Ya no recordaba que existía un afuera y poco a poco también va olvidándose que hubo un adentro.

Diccionario de sueños: Noche


También con la noche se puede soñar, mi querido lector. Una noche clausurada de la luz del día, de la luz de los arbotantes, de la luz recortada de las velas, de la luz roja de los moteles por horas, de la luz azulina de las pantallas de televisión. Esa noche donde las pupilas vagan sin encontrar referencia para echar el ancla, abierta obscuridad sin superficie de contacto, ni verticalidad, ni horizontalidad, ni atrás, ni adelante, gruesa y libre de  colores inexistentes.
Donde nada marca el paso del tiempo, porque hasta lo negro se tragó el goteo de los segundos. Extienda la mano lector, extiéndala y alargue el brazo surcado en oleadas de un viento  que va y viene de la muñeca al hombro, inclinando los vellos de la exterioridad de la piel, milpas de maíz acariciadas por una invisibilidad de lo incierto.

Se adentra en un camino que descubrieron los pies a tropiezos, parece plano y despejado de maleza, pero tiene la certeza de que adelante habrá un matorral persistente en medio, lo hará caer, montaña abajo, rodando, llenándose la cabeza de abrojos, golpeándose con las piedras de la ladera, hasta detenerse en una hondonada, desde la que será muy difícil llamar a los que le acompañan, porque en la noche hablar no tiene sentido. Tiene miedo. Apresura los brazos a los pies. Más adelante, más adelante, no conviene confiarse.

Al fin toca la espalda de un desconocido que vendrá interpretando la misma danza que usted. En la penumbra no sabe si le ha tocado la espalda, o la mano, si es la cara que ha girado, si está volviendo o sigue la misma ruta que usted. Cualquier ruta es buena, cualquier desconocido es amigo. Aún así, el contacto con la blandura de la masa tibia que se engrosa a medida que usted separa los dedos sobre ella, le brinda seguridad. Quizás es sólo una espalda flotante que ha perdido todos los miembros y se precipita sin cabeza ni consciencia a donde sea, al vacío, quiero decir, a más vacio. Pero lo sigue. No está mal, piensa, ya están el camino bajo la planta de los pies y la espalda del que lo antecede, dos puntos suficientes para creer que no está perdido. Perdido lo que se dice perdido.

Avanza, o retrocede, pero sigue. Algo le toca la espalda. O alguien. Deslizan las puntas temblorosas de pequeños apéndices, que usted, lógicamente identifica como dedos, se convence de que es alguien. Tocarlo parece tranquilizar a quien viene detrás, por lo menos a la mano, o a los dedos, o a las yemas acolchonadas  y gélidas. Usted también, cuenta, ya tiene tres sitios  de amarre con la realidad. Se construye un mundo menos desocupado, más predecible digamos. El suelo, el que camina adelante, el que camina detrás. Suficiente.

Ahora le da entrada a los sonidos, al silencio  estrecho de la negrura. Puede sentir los huesecillos dentro de la cabeza, vibran con sus pasos. Sabe que  no escucha nada, o probablemente sí, de otro modo no existirían esos estremecimientos, ligeros, los encuentra demasiado reales. Estira la cabeza para captar siquiera un rumor, hay gestos como ese que carecen de significado en ciertos contextos, sin embargo - ¡oh costumbre de costumbres!-continuamos realizándolos. Descubre el rumor de sus pasos sobre la hierba, deshilvanándose en cada movimiento y rehaciéndose para recibir al que atrás camina, un continuo hacer y deshacer de pasto crecido y hojillas retorcidas. También está el viento entre las hojas o un cuerpo sigiloso de agua, da lo mismo. Percibe el siseo de  la parte interior de los brazos restregándose con la tela que lo cubre. Agradece no caminar a tientas todo desnudo.

De repente abre la boca. Ahí va, partiendo la noche por la mitad, con la boca abierta, razona: nadie puede verme, ni yo, ni el de enfrente, ni el de atrás, aún así está aliviado de no enfrentarse a la ceguera desprovisto de vestido. Saca la lengua, prueba unas gotitas condensadas que se mecen frente a su cara, atravesará neblina o lluvia ligera, o se aproximará la salida del sol y será el rocío de la noche que refresca. Por primera  vez  recuerda el tiempo en que no todo era obscuridad cerrada, instintivamente voltea hacia arriba, buscando un atisbo de la inminente llegada de la mañana.
Descubre las estrellas.

Ya estaban ahí desde que inició el viaje, han permanecido durante el recorrido y seguramente seguirán hasta que la estridencia del verde, azul, blanco, rosáceo, purpurino, se expanda por todo lo que toca la vista. Por primera vez mira hacia arriba, por primera vez mira-hacia-arriba, por primera vez  también, desea  que no llegue la vulgaridad de los colores, por primera vez se siente feliz de permanecer suspendido en la lobreguez picada, es la noche, o es un sueño real sobre la noche, donde hay por lo menos tres habitantes, quién va al frente, el maestro de las cosas sin forma, quien va detrás, el aprendiz inocente que confía en sus movimientos y claro está, usted.

Continúa probando el sabor fresco del sueño, permitiéndose la libertad de extender los brazos otras direcciones de manera intermitente, regresa, toca la espalda, corrobora que camina justo detrás del otro, alarga miembros y así hasta dejar que el tacto repose, le guiará el crepitar de las pisadas. Los brazos flotan sin gravedad, las manos danzan en un ambiente que no ofrece resistencia. El de atrás pensará lo mismo que usted, muchos pasos atrás ha retirado los dedos de su espalda también. El retumbo de su corazón se amplifica por todo el cuerpo, se sincroniza con corrientes ligeras de viento que lo mueven ligero, ligerito, es usted la enramada de más allá, o el cuerpo de agua, es el aire deslizándose por los contornos de su cuerpo, es la tierra que vibra al compás de su propia carne.

Su cuerpo liviano empieza a abandonar sus pensamientos, las estrellas perennes se difuminan, se olvida de los ojos, se olvida del día, se olvida de la luz. Es usted la noche.


Despierta. 


Diccionario de sueños: Sangre


Tanto si uno despierta en sobresalto, como si los ojos arenosos entran en la vigilia poquito a poquito,  soñar con sangre implica la necesidad de mostrarse por entero: lo de afuera y también lo que se revuelve adentro.

Desde lo aparentemente visible, el sueño puede adquirir formas que dependen de la imaginación, el morbo y la cantidad de películas hemoglobínicas que acostumbre el soñante.

Gran cantidad de veces, los sueños de sangre, suelen estar acompañados por un ramillete de lugares comunes del gore ochentero. La mejor forma de darse cuenta de que se va entrando en uno de estos territorios sanguinolento es, sin duda, cuando una musiquilla de violines mal afinados se instala en la almohada. Inmediatamente después vienen los sudores y la respiración seccionada, pum, pum, pum, ahora un tambor de enorme circunferencia, pum, pum, pum, más rápido, movimiento ocular, mareos, y aquí dos derivaciones pueden ocurrir: 


1. Por la rendija de un closet maltrecho se asoma la pupila, se inspira despacio para que el movimiento no distraiga al ojo. Una puerta se entreabre, entra un hilito de luz que dibuja apenas el interior de la habitación. Se sigue respirando apenas con la nariz, llenar los pulmones produciría tanto ruido que alertaría al escucha sigiloso. Lo esperamos en la media penumbra, se deslizará pronto por el espacio vibrante de la puerta, casi está dentro,  su olor lo anuncia mezclándose con el polvo y el moho.

2. Ruido de ramas que se estampan en los brazos impregnados de grasa negra. El fierro retorcido y aún caliente del arma golpea la rodilla izquierda. Huir nunca. Vivir siempre. La humedad pega los cabellos contra el cráneo, pero ya no importa, ahora es tiempo de empuñar el mango de la metralleta y, con cada nueva zancada, evadir los obstáculos  de la selva que parece abrirse sólo para mostrar el objetivo. Los pasos burdos delatan, el objetivo se gira y el arma hace escuadra con el cuerpo. Listo para cumplir la misión.



Como lo dijimos antes, todo depende de si a uno le gustan los filmes de terror o de acción,  aunque también hay espacio para esas novelitas policíacas que tanto proliferan entre los escandinavos y que aseguran quemaduras solares en las albercas veraniegas. 

El final del drama lo habrá soñado ya. Sangre.  Y a borbotones, en charcos poco profundos, sobre las paredes, goteando de hojas gigantes, con olor a pólvora, gris, negra, anaranjada, aperlada. Sangre de hombres pues. El discurso de lo que ya se no se puede callar.

Como ya lo dijimos, también están esos donde la sangre no se ve pero está. Aquellos sueños de naturaleza doble, donde el soñante busca sacarse del entresijo la naturaleza y las ganas, pero eso sí, sin prisa. 

Es entonces sangre murmullo de río en el cuerpo, despeñada en abismos de venas tibias, rebosante de trópico florido. Sangre roja perfumada, subiendo y bajando en mareas espumosas, buscando luciérnagas, agitada por la luna creciente, menguante, nueva, tierna. Absoluta. De un rojo callado. Flores de primavera. Azul de cielo. Ciénaga. Espejo de estrellas. Corazón del vientre. Sangre de mujeres pues. 

Sólo un pequeño consejo. No la beba, no la tire, no la busque, no la guarde, no la detenga. Deje que fluya sola, que se una a otros arroyos en su  camino al mar, porque  atendiendo a su significado, no querrá mostrar a todos –por entero-,  que usted no es más que un coágulo reseco en la orilla.  



Diccionario de sueños: Cadena


Soñar con cadenas  se interpreta como represión y angustia. Yo digo que depende.

Algunos soñantes traen cadenas colgando de las muñecas, bien adheridas al cuero, nada para preocuparse, es simplemente la manifestación subconsciente de que le gustan los lugares comunes, es asiduo lector de novelas de horror clásico o de esos espectros  que anda por la vida –o por la muerte- sin oficio ni beneficio.

Otros tiran pesadas cadenas con fuerza. Lo que me hace suponer que  habrá algo del otro lado, quizás, un bien codiciado y susceptible de perder. Un buen ejercicio es buscar en el otro extremo, en ocasiones  la cadena se aferra  a rocas gigantes, montañas, amores perdidos. Haga esto: extienda los dedos, los de ambas manos, suéltela, es todo. Es libre. Ahora corra, corra, no mire atrás. No ceda a la tentación de coger otras cadenas que se encuentre en el camino.


Pero a mí las que más me gustan son las cadenas alimenticias.
Esos sueños donde se puede mirar cuadro a cuadro  cómo el agua de lluvia se eleva al sol, para caer  de nuevo hacia abismos de barro y lombrices y luego  se abre en hojas tiernas, ahí donde lengua o dientes las arrancan  para encarnarlas en musculo y sangre que pace, respira, hasta que  llega el  miedo de que la lleven lejos, tiembla y entonces, por un momento que parece eterno, agacha la cabeza para aceptar el destino, aunque no entienda de ser cortado, molido, acariciado por  fuego, masticado y tragado, con suerte con la compañía  de  vino tinto y esa conversación plácida que viene después de las buenas comidas, en la que te digo que he soñado que mi corazón está atado a una cadenita fina que  siempre llevarás contigo