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Ejercicio #9: Vistiendo al problema con una camisa


Entre esos recovecos de la red y las casualidades que nunca son tales, me encontré con un exnovio de mis días de juventud. Como una no es de palo, me metí a husmear en todas sus redes sociales las fotografías de su nueva vida, claro, comparándolas con la vieja vida a la que yo pertenecía. Lo que más me desconcertó fueron esas fotos en las que usa camisa. Una camisa de cuadros de esas que visten los hombres que se han dado por vencidos a la juventud. Qué más puedo decir, luego de las camisetas negras agujereadas con calaveras en el pecho, eso me sabe como a traición.  Luego vino el periodo de la culpabilidad culpable y me puse a  fantasear con el pasado, tratando de borrar sus nuevas imágenes de la memoria, pero con una mosquita en la cabeza que me repetía: tú también cambiaste.
Esos momentos son oro puro para inducir el insomnio pero también para inspirarse y darle a la escritura. Durante toda la noche le  di vueltas  a este ejercicio en el que voy a tropicalizar un poco uno de los elementos  de la terapia narrativa de Michael White y David Epston llamado “externalización”, fundamentado en que  “el problema no está en la persona; el problema está en el problema”.

terapia narrativa

 

El ejercicio: externalizar al exnovio pasado de moda

  1. Como en otros ejercicios vamos a centrarnos en nosotros y elegiremos uno de los problemas que nos patean con fuerza los cojones mentales.
  2. Ya que hemos elegido el problema vamos a “personificarlo” para disociarlo de nuestra persona. Necesita un nombre. Por ejemplo, en el pequeño drama del exnovio encamisado, mi “problema” puede llamarse “Darse vencido en la vida” o más fácil “Desilusión”. Ya tenemos el personaje principal de nuestra historia.
  3. Además del nombre, “Desilusión” necesita convertirse en un ser real, que vive, come y va al baño sin depender de nosotros. Algo muy importante es ponerle una etiqueta de mal intencionado (no quiero verme miserable pero se trata de un problema que nos machaca sin piedad ¿cierto?)
  4. Interrogaremos  a nuestro “problemita” para descubrir el relato que quiere contarnos. Las preguntas tienen que ver con la manera en que percibimos su impacto en nuestra vida. Yo comenzaría con algo así ¿porqué Desilusión llega cuando me doy cuenta que alguien del pasado ha cambiado? ¿Desilusión quiere lastimarme? ¿Siento que Desilusión me visita cuando me doy cuenta que yo también he cambiado? ¿Qué desea a decirme Desilusión?
  5. Ahora hay que descubrir los efectos del problema. Seguimos con las preguntas, pero esta vez pasamos a la historia. Digamos que cuando Desilusión me visitó, al descubrir a mi ex amante hecho un burócrata regordete, me obligó a exponer mi salud mental al meterme la idea de que yo también podría haberme convertido en algún espécimen encamisado que se dio por vencido en la vida.
  6. Ahora viene la parte en que escribimos (ya escucho algunos “al fin”). La clave para contar la historia es escribir un final en que el personaje será derrotado por el narrador. Hay que recordar situaciones en las que le metimos unos buenos capotazos al problema. Yo les cuento que Desilusión se va si me concentro en la realidad inmediata y me voy dando cuenta que madurar no implica necesariamente “darse por vencido”.  
  7. Con el inicio (el encuentro casual con el exnovio) y el final que decidimos darle, sólo falta saber cómo llegamos a esa conclusión. Este paso intermedio es el más sencillo porque el problema ya nos ha contado esa historia.
  8. Editar y ¡Listo!


La terapia narrativa


Antes de que se vayan a crear todas las historias de su universo particular les cuento un poquito sobre la terapia narrativa. A pesar de haber demostrado buenos resultados en la práctica y tener muchos entusiastas, ésta teoría psicológica ha recibido fuertes críticas que señalan entre sus puntos flacos la inconsistencia de los resultados.

Arriba hemos descrito una de las técnicas base para re significar la relación que tenemos con los problemas y, al ponerle ojitos y piernas, descubrir que es posible separarlos de las personas. Es necesario que a la par de las preguntas de introspección, se tomen en cuenta las palabras utilizadas para describir las situaciones, porque en ellas encontramos  la manera en que percibimos la realidad.

Un tip adicional: En algún talle que tomé al respecto, uno de los ejercicios era escribir una historia personal (sin editar) y después colocar en columnas todos los verbos, los adjetivos y los sustantivos utilizados. En las listas encontré que los verbos que usamos nos llevan ver la vida desde dos principales perspectivas: la acción o a la pasividad y también que el grado de identificación con el conflicto  nos incapacita para salir de él.
White y Epston mencionan las siguientes características de la terapia narrativa
  • La persona y sus vivencias son lo más importante.
  • Al aplicarla, el mundo comienza a percibirse como un elemento cambiante y que se mueve según nuestros puntos de vista.
  • Una sola historia tiene una gran cantidad de significados y no podemos aferrarnos sólo a uno de ellos, es sólo mediante la reflexión que podemos llegar a nuevas reinterpretaciones.
  • Los consultantes (llamados por ellos “coautores”) se permiten crear nuevas soluciones y dejan de dar vueltas en círculo para llegar a los mismos resultados. Al convertirnos en un coautor recuperamos la capacidad de controlar los problemas y nuestra vida.

Yo quiero añadir una más: salir de la camisa de cuadros nos permite re-encontrarnos con un yo que siempre trae una playera debajo por si se presta el día para lanzarse del escenario y ser recibido por las manos de miles de fans coreando nuestra canción favorita.
  
Espero sus comentarios y que éste ejercicio les detone muchas buenas ideas para utilizar los problemas como una mina de inspiración en sus escritos, pero sobre todo, para ser un poquito más felices.

Ahora sí, manos a las letras y nos leemos pronto.

Ejercicio #8: Cafecito con un amigo



ilustración café

Siguiendo con esta serie de ejercicios para cuando entra el nervio escénico les presento el siguiente ejercicio que vendría siendo como esas técnicas para quitarse el pánico al público. ¿Recuerdan la consabida “imagínate al público desnudo”? La verdad es que en general yo estoy tan nerviosa en esos casos que la desnudez del otro no me ayuda.

El ejercicio va justo de eso, no de ver gente en cuero calentando una butaca con el trasero, sino de darle un lugar en nuestro texto al público, que en nuestro caso se llama lector. El otro día platicaba con una amiga y entre mocos sorbidos me contaba lo mal que la estaba pasando escribiendo su tesis. Lloraba amargamente porque ya tenía casi 500 páginas escritas y los examinadores le pedían alrededor de 50, algo así como meter una ballena en una bañera. El asunto es que con todo el material no sabía cómo redactar con coherencia, tenía veinte mil ideas pero simplemente no le salía una página en  limpio ¿conocido? Qué va. 

La recomendación fue simple y es un tuquito que seguro los más experimentados escritores ya tienen interiorizado pero todos los demás mortales olvidamos mucho: hablarle al lector. Pero no a cualquiera. 

La propuesta del ejercicio: 


1: Decide qué te apetece escribir y cuál sería el tono. Digamos por ejemplo que quieres un cuento sobre dos luchadores que se enamoran cuando disputan el campeonato mundial. ¿Cuál será el tono? Sombrío, popular, divertido, formal, irónico. 

2: Encuentra a uno de tus amigos o conocidos que encaje con ese tono. Digamos que quiero algo muy sombrío para el texto. Pues ya está, escojo a mi amigo que anda todo el día con un abrigo de piel negra y ropa de terciopelo a 40°C. Sí, ese mismo que guarda hachas celtas en el sótano por si viene el apocalipsis zombi. 

3: Antes de comenzar cierra los ojos, piensa en las cosas que te parecen sombrías de él o ella, sus actitudes, las palabras que acostumbra usar. Ahora coloca una mesita de café mental en frente de ti y siéntalo contigo. 

4: Habla con él. Y por hablar quiero decir: escribe. Cuéntale tu historia a él, sólo a él. Puedes incluso comenzar a escribir cosas como: «Hola. Hace mucho que no hablamos pero necesito contarte ésta historia que me tiene los pelos de punta ¿tienes tiempo?»

5: Usa todas las malas palabras que usarías, escribe muletillas si quieres, incluso puedes incluir algunos aspectos con los que te sientas cómodo y sobre todo: sé como honestamente serías con él. Trata de comunicarte de modo directo, construye una historia que sería creíble para él, pon énfasis en las partes del relato que creas que le parecerán más interesantes. 

6: Edita y corta todo lo que no venga al caso. O sea la introducción del paso 4 y los sobrantes del paso 5. 

¡Listo!

El lector  meta


El hecho es que cuando escribimos se nos olvida a menudo que lo hacemos para alguien; que hay un lector del otro lado de la pantalla o de la página. Nuestras historias se escriben para ser leídas, pero a uno (por no decir: a mí) se le va la pelota al cielo y escribe sólo para sí mismo. Eso nos pierde mucho, por ejemplo, nos lleva a hace párrafos complicadísimos que sólo alguien que sabe de las Teorías Psicomarxistas de mediados del siglo XX  podría desentrañar. Escribir es un dialogo con el otro, aunque a veces parezca un monólogo larguísimo.

En éste sentido las preguntas clave cuando redactamos un texto son: ¿Quién es mi lector? ¿Qué quiere leer ese lector en particular? ¿Cómo puedo contar esta historia de modo que a mi lector le interese? No se trata de “venderse” al público y sólo escribir lo que los demás quieren, sino darle un lugar al lector dentro de nuestro trabajo como un co-creador de nuestro texto, como lo cuenta Cristina Rivera Garza: “menos como un consumidor y más como un co-creador” de las nuevas realidades que se gestan en la lectura y entrar en una “comunión” con ellos.

Éste ejercicio en particular permite establecer un contacto no con “LOS lectores”, sino con uno en particular, alguien que pone sus ojos sobre nuestras letras  y con quien tendremos una relación íntima. Ese único lector va a sentir, oler, escuchar, vivir todo lo sucedido en nuestra historia. Sin él en mente no es posible nuestro  triangulo amoroso de historia-escritor-lector. 

Responder a la pregunta ¿Quién es mi lector meta? (ese que está sentado delante de nosotros tomándose un té de mandrágora con dientes de león), también nos abre la puerta para saber cuál es nuestra motivación para escribir ese relato. Esto es: descifrar  qué hay en esa historia, porqué el relato de amor de dos luchadores resuena en nosotros y por qué de esa forma en específico. Información muy valiosa para ir conociéndonos también a través de lo que escribimos y cómo lo escribimos, pero esa puerta la exploraremos más con otros ejercicios. 


Por el momento les dejo un link a una entrevista cortita de Cristina Rivera Garza y otro a un artículo muy interesante de  Chuck Sambuchino  Who Is Your Target Reader? para profundizar en el tema desde el punto de vista de las editoriales. Entonces manos a las letras y nos leemos pronto.
 

Entrevista Cristina Rivera Garza: https://youtu.be/BdVtwsTZyBA