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Diccionario de sueños: Desierto



diccionario de sueños


Soñar con el desierto puede llevar a múltiples interpretaciones y por consecuencia, a perderse dentro de él, con mucha suerte sólo durante 40 días y con muy poca para siempre. 

El desierto siempre actúa como un terreno de sueño de la siguiente manera: 

El soñante se encontrará de súbito en un sendero conocido, por donde es posible reconocer ciertas señales que lo llevan hacia algún sitio predestinado. No importa saber hacia dónde ni porqué, lo único que vale aquí es continuar por los senderos marcados. 

Los carteles anuncian un porvenir que presume ser idéntico al anterior. Se detiene, detrás de él un sendero plano y pavimentado, delante uno idéntico que se oculta entre la curvatura de la tierra. Continúa un poco más y sin previo aviso una valla del doble de su estatura franquea el paso.

Con gran despliegue de habilidades evalúa sus posibilidades. Decide que lo mejor será caminar hacia la derecha y con la punta de los dedos seguir las rugosidades para que no quede duda. Mientras  toque la valla y marche en línea recta todo estará bien. El cansancio no tarda en vencerlo  y con los pies ajados continúa a pesar de dolor y el agotamiento. Llega al final. Ahí se abre un enorme terreno plano con pequeñas colinas que se desbaratan tan pronto sopla la brisa.


Se interna en el espacio abierto más por costumbre que por ganas. Un poco después el cuerpo se resiste a moverse. Duerme dentro del sueño. Sueña en blanco, sin sonidos ni imágenes, todo es una bruma gris de suaves bordes que lo arropa. 
desierto sueño

El cuerpo despierta con la sensación de seguir en un sitio conocido pero, con los primeros rayos estrellándose en las pupilas, cae en cuenta que el desierto sigue idéntico al de antes. Plano, requemado, infinito. Recuerda la única referencia que podría devolverlo al tiempo de los senderos bien identificados bordeados de plantas. Gira en torno varias veces, según sus cálculos, la punta de la valla estaría ubicada  detrás, pero en este sitio no parece haber atrás o adelante, debajo sólo el polverío cubierto de escasos pedruscos, encima sólo un espejo azul multiplicando la nada de la tierra.

Corre hacia el lugar de donde salió, pero es sólo una estimación vaga. No existe tal sitio. Cada pequeño sendero que imagina es un camino en redondo que se come la cola e inicia otra vez. Añora la lluvia que le empapaba los calcetines, los pequeños baches, los compañeros mudos que encontraba de tanto en tanto en el trayecto. Aguza la mirada con la esperanza de distinguir a alguno que, como él, camine sin dirección. No hay nadie. Grita para pedir ayuda, para implorar un cuenco con agua, para regresar a casa.  Ni la respuesta del eco. 

Arrastra los pies llagados, el dorso de la mano sobre la frente, entrecierra los ojos e imagina alguna irregularidad en el terreno, un pequeño bulto que se le escabulla de la consciencia. Hace de sus piernas un eje que sostiene la esperanza de encontrar la puerta de salida. Lo mismo, arena y cielo.

Hace ya un rato dejó de gritar para no desperdiciar las fuerzas, pero el silencio retumba de tal modo en las puntas de los oídos, que necesita expulsarlo. Murmura para no sentir la opresión del universo volcándose encima. En el desierto las palabras pierden sentido en cuanto las pronuncia y se convierten en dientes de león que no encontrarán jamás terreno fértil para encajarse. 
soñar con desierto

De repente viene una ola inmensa de rabia y el soñante camina manso hasta ella, está por tragarlo y los pasos no se detienen. Está ahí. Siente su golpe seco sobre la cara, encima de los hombros, ardiéndole en la mitad de la columna, estrujando todas las vísceras. Libera el grito con todas sus fuerzas. Al retirarse arrastra torrentes desde el centro de la garganta hacia afuera, volcándose por ojos, boca y nariz. Camina y grita, camina y cuestiona ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Cómo saldrá? Camina y le desespera del cielo y la tierra multiplicados, infinitos, carentes de señalización.

A 39 días de darse por vencido, recuerda que hubo un hombre que salió vivo de una prisión de muros que se cerraban y abrían por la voluntad de dioses astados. Recuerda una mujer que deambuló por pasillos colmados de libros y encontró un sitio perfecto para echarse a leerlos todos. Recuerda a alguien que perdió la vista y aprendió a caminar sin necesitarla. Es entonces cuando el soñante, en medio de éste laberinto abierto e infinito, por primera vez eleva una plegaria al cielo para que la alarma suene antes, al menos por hoy.

Al cajón de cosas inútiles: el tiempo

quejas contra el tiempo




No es por echar aquí una parrafada de reclamo, pero acaso ¿no se han percatado que el tiempo es uno de los elementos más antinaturales e inútiles que existen? Para empezar no viene en un formato compacto que lo haga portátil y útil en el momento adecuado. Uno puede sacar por ejemplo una cajita de cerillas, tomar una de ellas y en un despliegue de servicio encontraremos una llamita amable dispuesta a ser usada. Qué hay de un vaso con agua, lista, contenida y fresca siempre disponible. O la domesticación del viento  en los globos. Vaya, hasta la electricidad pone de su parte, pero no hay modo de empaquetar un pedacito de tiempo para usarlo a voluntad.

Luego viene la incomodidad que ocasiona la linealidad. Dónde se ha visto un material que se niegue a comportarse como dios manda. No gira, no tiene reverso o anverso, pero sobre todo, no va para atrás ni puede ser conducido a otras direcciones. 

Y aburrido que te mueres. No hay modo de acelerarlo un poquitín para que la odiosa junta de padres de familia termine pronto y podamos dedicarnos al oficio de echarnos en el sillón a ver unas dos o tres películas en el transcurso de una hora estirada  por sus extremos. Nada, a fastidiarse porque  dura lo que dura.

Eso de las películas me trae otra de las pocas ventajas que ofrece éste pequeño y monótono elemento, una continuidad sin finales ni cortes dramáticos. Permítaseme dedicar un par de líneas más al respecto. Dadas las nuevas tecnologías y la proliferación de seriales de televisión (que debo decir que hacen mucho más felices nuestras vidas), uno espera con ansias el inicio de una nueva temporada. Así estructurado todo, como en los buenos libros, uno asiste al espectáculo del inicio-clímax-desenlace, que dicho sea de paso, nos permite dar un sentido a la realidad. Pero ¿Qué pasa con la vida de todos los días? Ahí está el meollo. No hay cortes ni finales reales. 

Esos que andan por ahí pregonando que “este año es año de cierre” o que “pronto llegará la cereza de su pastel” mienten con todo cinismo. El tiempo es un suéter de punto que se desteje sin seguir los patrones que tanto trabajo nos da imaginar. Para muestra un pequeño ejemplo cotidiano. Viene una amiga bañada en lágrimas a contarme que el fulano de turno, que entonces ocupaba su tiempo y por qué no decirlo, también su casa y su nevera, decidió que era buen momento para sacar sus tres trapos del clóset y llevarse con él las lámparas del comedor. Entre sorbedera de mocos enuncia a los cuatro vientos que el asunto terminó, pero terminar, terminar. Dos meses después se inscribe a un taller de perdón y no sé cuanta falacia más, para lidiar con el consabido “soltar y dejar ir”. Sigue la historia, ella dando vuelta a una página bastante arrugada y manoseada, libre del patán que también aprovechó para vaciarle las gavetas y el tanque de gasolina del auto. Uno piensa entonces que nuestro, terriblemente ninguneado, tiempo se ha comportado a la altura por fin. Sin más ahondamientos en el caso les contaré que la amiga volvió hace ya unos días con el tipo y tiene más de nueve semanas de un embarazo que marcha viento en popa. ¿Dejar ir y soltar? Mis polainas. 

Si bien hay eventos que parecen marcar un momento y llenarlo de cierto significado, también lo es que no hay punto final ni inicial a nada. Todo es una sucesión de situaciones que se comporta como los actuales procesadores de texto, ligando una hoja virtual a otra  como si la vida fuera un acto de generación espontanea. Ya los escucho persiguiéndome con antorchas y tridentes preguntándome a voces sobre la muerte y el nacimiento ¿acaso no son argumentos para dejar de despotricar contra el vapuleado tiempo? No puedo dar una respuesta concreta,  pero si me permiten lanzaré una pregunta ¿Se nace al momento de salir del vientre o al ser concebido o al respirar por primera vez o cuando se ha tenido una emisión de esperma? Ya saben a lo que voy ¿se muere uno por completo cuando se deja de respirar, cuando la vida decide dejar el cuerpo, cuando las células se degradan por completo?

Es por todas estas razones que postulo al tiempo como una de esas cosas inútiles de las que habríamos de prescindir del todo. 

Como una nota adicional me dirijo respetuosamente a todos aquellos que se dedican al arte de la relojería, las mediciones olímpicas y la física teórica, para pedir una disculpa si gracias a mi prudente, pero muy y que muy fundamentada diatriba, pronto pierden sus empleos. Siempre pueden dedicarse a elaborar cajas de fósforos o recipientes para agua, ya saben, esas cosas que sí le hacen un favor a la humanidad.  

¿Están de acuerdo?

relatividad del tiempo