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Vacunas nuevas para viejas enfermedades



 Vacunas contra el miedo

Ahí estoy yo sentada en un catrecito plano cubierto de papel toalla, esperando la consulta con la doctora general. Huelga decir que se me enfriaban los pies sin pantalones ni calcetines. Luego de un cuarto de hora entra la enfermera con una bandejita plateada: jeringa, alcohol y ampolletita misteriosa. Ya estaba advertida desde la cita pasada; o llevaba mi registro completo de vacunas de la infancia o…

Es una de esas doctoras viejas que no aceptan razones, mucho menos de civiles que no tomaron siquiera una clase de primeros auxilios. Terminé quitándome también la blusa y media hora después entró sin saludar.  Procedió entonces con sumo cuidado a examinarme cada mancha, peca y lunar que delatara alguna señal de mala salud. Mis ojos concentrados en el material que me esperaba después de tan minucioso procedimiento.

Durante el infinito “respire más profundo, más lento, no respire” no hizo mención alguna a líquidos inmunizantes ni pinchazos.  Parecía disfrutar la angustia que se me derramaba por los sobacos copiosamente.  Al final con la voz más baja y lenta que de costumbre me preguntó: “¿dónde está tu cartilla de vacunación?”. Ella sabía perfectamente que era una de las cosas que se fueron sin dejar rastro en mi vida. Soy una de esas personas adultas que han olvidado hasta su niñez ¿cómo recordar el paradero de un inservible cartoncito perforado?  

Me temblaron los labios y un espasmo me pinchó debajo de la costilla izquierda. Casi desnuda era improbable que me diera a la fuga. Ella con sus ojitos brillosos me aseguraba que tenía todas las cartas de mazo y que yo no sabía cómo jugar el juego. 

No entiendo por qué el pasado no se cansa de meterse donde no lo llaman y arruinarme el presente. A mí me dieron todas las enfermedades relacionadas con erupciones en la piel e hinchamientos. Las sufrí en todo su esplendor, con poquísima experiencia y tremendo enfado. También gracias a ellas descubrí que uno de los castigos más terribles para el ser humano es el aislamiento y la monotonía. Encerrada a piedra y lodo para no contagiar a mis hermanos, tuve muchos días para mirar las blanquísimas paredes áridas y sentir su presencia asfixiante. Quién lo diría, justo ese mundo en el que vivo ahora. Cada día tomo mi dosis de estremecimiento dentro de  los muros vacios, me enfrento al exilio y a la repetición.  Llevo sobreviviendo así ya bastantes años, pero me encargo de pegar afiches y cuadros de todos tamaños para maquillar ese profundo miedo que ya forma parte de mi normalidad.

Despegué los labios tan lentamente que sentí el dolor de la saliva rompiéndose, no me quedaba más que explicarle a la doctora que después de mis múltiples mudanzas (las del pueblo, las de ciudad, las de país y las de continente) era prácticamente imposible localizar el registro de que no soy una incubadora de virus caminante.  Cuando comenzaba a detallar la triste historia de una niña sin raíces en el mundo, acostumbrada a la fatalidad cotidiana, un pinchazo agudo me atravesó el brazo izquierdo. El líquido se deslizaba dentro de los músculos, abriendo un espacio por el que quedaba inoculada con algunos bichos azonzados. Con su tono plano dictó la sentencia: esa sería la primera de una serie de refuerzos y, al parecer, una vida adulta consagrada a la lucha contra el contagio. 

No me ofreció una paleta, no me felicitó por mi heroico comportamiento. Anotó la siguiente cita en mi nueva y flamante cartilla de vacunación y así como vino salió, sin decir adiós.  

Mientras volvía a ponerme los pantalones un hilito de luz se coló por la persiana y nadando en un olor a antiséptico y a sudor nervioso, comencé a darme cuenta que, quizás la vida  trata de decirme que  por fin puedo inmunizarme contra esos miedos que nunca se fueron. Siempre me sorprende la forma que adopta para mandarme sus mensajes. Sin embargo espero que para la siguiente, el hada madrina no traiga una jeringa en la mano. 

Vacunas para adultos

Reconstrucción


-Para el mago de las nuevasvidas 
MACP-

Yo evado el temor a la muerte pensando que la vida nunca es una y está plagada de pequeñas vidas, así cuando llegue la Muerte con mayúscula, no se sentirá tan, pues tan, tanto olvido, creo yo. Ojalá sólo se tratara de una idea de insomnio dominical, pero he descubierto en últimos días el grado en que ese pensamiento se ha colado en todas mis cosas. Así, me entretengo poniendo  etiquetas  que dicen “nueva vida” a cada giro del que trato de librarme de lo que otra vez no funcionó. Y no, no las numero, lo que quizás es un mal hábito, porqué descubriría que mis nuevasvidas ya llegaron al límite de lo tolerable. Absurdo totalmente en abstracto, pero aún más en concreto, usted sabe, en el día a día a día a día.

Verá.

Me asomo al espejo cada mañana con la incertidumbre de no encontrar nada en él. La sensación de que la superficie reflejante me borrará de una vez y para siempre es constante (aún cuando como más verduras, he dejado de fumar a ratos y visito al doctor).

Le confiaré que la herramienta que uso para llevar a cabo tal tarea -o la rama a la que me agarro para no hundirme-, es reconstruirme todos los días. Lejos de despertar con la animosidad newage del “buenos días solecito, hoy es una nueva oportunidad” o el “a-a-abretusbrazos-fuertes-alavida-a-a”, la cosa sucede más aburrida y rasa. Pienso una cara con dos ojos paralelos, una sola nariz, una sola boca y muchos, muchos, casi inimaginables, cabellos alborotados. A veces me sale más hinchada, con más arrugas, con menos brillo, vamos, usted sabe, hay días en que uno no le pone empeño a la reconstrucción, pero por lo menos puedo comprobar la teoría en cualquier cristal o fotografía. 

Con mucho detalle trato de copiar  los gustos, los pensamientos, las ganas, las frases y las muecas, todo para parecerme al yo de anoche, al yo que ha vuelto de la calle, al yo que se lava los dientes o al yo de aquella tarde de julio de 1998 con su mano palpitando bajo la blusa y luz entrando por la ventanita. Pero la desgracia es que siempre olvido algo. En el continuo atar, tejer y rehacer se me pierden hilos que ya no podré encontrar más. Entienda usted la tristeza de viajar y mudarse  demasiado, la vida  se me queda en otras habitaciones, camas y ciudades.

Intente usted recrear un edificio, con todas sus puertas y residentes, destrúyalo desde los cimientos y vuelva a armarlo cada día sólo para que los rayos del sol no encuentren ausencia en su sitio. Justo eso. Y qué hacer si se queda afuera un sillón o los detalles de la grieta del baño del departamento 4 el lunes o el martes siguiente las alfombras verdes de la bodega.

Mire lector, reconstruirse es un engorro y más si se tiene el vicio de comenzar otra vez esas nuevasvidas de que le hablaba. Se me ocurre por ejemplo que ya nada funciona o que estoy a punto de desaparecer y me invento algo, que si me  cambio de continente, que si de profesión, que si ahora mujeres, que si ahora hombres, que si busco el trabajo soñado, que si dejo a mi amante y me convierto en ama de casa ¿lo ve? Ahora trate de contar la cantidad de escaleras inútiles, los techos rotos y los seres atrofiados que vivirían en el edificio de esa nueva vida.

Todo sería más fácil si se tratara sólo de acomodar grasa bajo los ojos y rellenar piernas a la fuerza. El hecho es que el trabajo no acaba ahí. Primero lo de afuera, luego bolsas y bolsitas viscosas para que todo se mueva por adentro y por último lo más difícil: volverse yo.

Así vivo mis nuevasvidas, hermosas y confusas de moradores bicéfalos y cañerías obstruidas, con la única finalidad de acostumbrarme a morir y palear –sin gran resultado- el hecho de que un día la propia atmósfera me va a comprimir hasta estallarme como inestable burbuja jabonosa o me fundiré en los  tantos tonos de gris que rondan mi cuerpo.Pero a veces me alcanza el optimismo para lanzar una monedita al pozo, deseando que en alguna de esas nuevasvidas o viejasmuertes, logre la combinación perfecta de reconstrucciones y pueda dejar de hacerlo por fin. Clinnn. Ya está.