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Big Family

Minificción


En esta casa somos todos ciegos y deformes, pero no haga caso de nimiedades. Cumplimos con nuestra función. Unos paren hijos, otros los alimentan, transportan o tejen sus abrigos. Sincronización perfecta. Preservación de la especie. 

Yo sé que otros nos miran. Esos que no dudan en comerse nuestras cosechas y beberse nuestro vino. Esos a los que nada parece suficiente. Los que de tanto en tanto  palidecen, se destiñen y horrorizan de mirarnos. No dura mucho, pronto voltean al cielo y siguen en lo suyo.

No podemos quejarnos, somos una familia creciente con mucho potencial, el tercer mundo en vías de desarrollo, los jodidos.







Imagen: Robert Hooke Micrographia restaurata

Vacunas nuevas para viejas enfermedades



 Vacunas contra el miedo

Ahí estoy yo sentada en un catrecito plano cubierto de papel toalla, esperando la consulta con la doctora general. Huelga decir que se me enfriaban los pies sin pantalones ni calcetines. Luego de un cuarto de hora entra la enfermera con una bandejita plateada: jeringa, alcohol y ampolletita misteriosa. Ya estaba advertida desde la cita pasada; o llevaba mi registro completo de vacunas de la infancia o…

Es una de esas doctoras viejas que no aceptan razones, mucho menos de civiles que no tomaron siquiera una clase de primeros auxilios. Terminé quitándome también la blusa y media hora después entró sin saludar.  Procedió entonces con sumo cuidado a examinarme cada mancha, peca y lunar que delatara alguna señal de mala salud. Mis ojos concentrados en el material que me esperaba después de tan minucioso procedimiento.

Durante el infinito “respire más profundo, más lento, no respire” no hizo mención alguna a líquidos inmunizantes ni pinchazos.  Parecía disfrutar la angustia que se me derramaba por los sobacos copiosamente.  Al final con la voz más baja y lenta que de costumbre me preguntó: “¿dónde está tu cartilla de vacunación?”. Ella sabía perfectamente que era una de las cosas que se fueron sin dejar rastro en mi vida. Soy una de esas personas adultas que han olvidado hasta su niñez ¿cómo recordar el paradero de un inservible cartoncito perforado?  

Me temblaron los labios y un espasmo me pinchó debajo de la costilla izquierda. Casi desnuda era improbable que me diera a la fuga. Ella con sus ojitos brillosos me aseguraba que tenía todas las cartas de mazo y que yo no sabía cómo jugar el juego. 

No entiendo por qué el pasado no se cansa de meterse donde no lo llaman y arruinarme el presente. A mí me dieron todas las enfermedades relacionadas con erupciones en la piel e hinchamientos. Las sufrí en todo su esplendor, con poquísima experiencia y tremendo enfado. También gracias a ellas descubrí que uno de los castigos más terribles para el ser humano es el aislamiento y la monotonía. Encerrada a piedra y lodo para no contagiar a mis hermanos, tuve muchos días para mirar las blanquísimas paredes áridas y sentir su presencia asfixiante. Quién lo diría, justo ese mundo en el que vivo ahora. Cada día tomo mi dosis de estremecimiento dentro de  los muros vacios, me enfrento al exilio y a la repetición.  Llevo sobreviviendo así ya bastantes años, pero me encargo de pegar afiches y cuadros de todos tamaños para maquillar ese profundo miedo que ya forma parte de mi normalidad.

Despegué los labios tan lentamente que sentí el dolor de la saliva rompiéndose, no me quedaba más que explicarle a la doctora que después de mis múltiples mudanzas (las del pueblo, las de ciudad, las de país y las de continente) era prácticamente imposible localizar el registro de que no soy una incubadora de virus caminante.  Cuando comenzaba a detallar la triste historia de una niña sin raíces en el mundo, acostumbrada a la fatalidad cotidiana, un pinchazo agudo me atravesó el brazo izquierdo. El líquido se deslizaba dentro de los músculos, abriendo un espacio por el que quedaba inoculada con algunos bichos azonzados. Con su tono plano dictó la sentencia: esa sería la primera de una serie de refuerzos y, al parecer, una vida adulta consagrada a la lucha contra el contagio. 

No me ofreció una paleta, no me felicitó por mi heroico comportamiento. Anotó la siguiente cita en mi nueva y flamante cartilla de vacunación y así como vino salió, sin decir adiós.  

Mientras volvía a ponerme los pantalones un hilito de luz se coló por la persiana y nadando en un olor a antiséptico y a sudor nervioso, comencé a darme cuenta que, quizás la vida  trata de decirme que  por fin puedo inmunizarme contra esos miedos que nunca se fueron. Siempre me sorprende la forma que adopta para mandarme sus mensajes. Sin embargo espero que para la siguiente, el hada madrina no traiga una jeringa en la mano. 

Vacunas para adultos

Cosas de los que se van: Calle y gente



Amar algo lejano, Alfonsina Storni


"Ahora quiero amar algo lejano..."
Esta tarde. Alfonsina Storni

Ella se va. Se cambia de ciudad porque el pedazo de tierra en que vive es una ostra olorosa. Odia las tres calles por las que pasa a diario. Odia la uniformidad de las casas con las cortinas desteñidas por  el sol. Odia la comida que se le hace una bola en el gaznate, esa comida que sólo sirve para no caer muerta de inanición. 

Se calza  zapatos cómodos; un par de alpargatas que tiene guardadas desde hace años, que mantendrán sus pies frescos cuando llegue allá. Porque allá el sol sale todos los días. Allá las nubes se colocan en el lugar estratégico para que el calor no sea demasiado y se vienen abajo con furia  entre rayos y centellas, como dios manda. Allá que, cuando termina de descargarse el temporal,  la tierra huele a ese delicioso húmedo de las ollas de barro. Donde luego escampa y las hojas verdes se mecen en la brisa . Allá donde se puede hablar alto todo el día y reír a carcajadas. Allá, siempre allá.

Ya no le interesa caminar esas otras mil aceras repletas de las mismas ventanas de cierre hermético.  Saca un mapa para echar otra ojeada a la ruta de escape. Traza una línea continua  con un marcatextos y sus ojos vagabundean entre pasillos y cuadros. Después de tanto tiempo ni siquiera reconoce el nombre de las calles que la rodean. La ciudad, sus anillos periféricos, sus callejones vacios los domingos, las avenidas de alta velocidad; todo es una masa de lo mismo. Calle. Lo mismo con la gente.

La gente aquí es gente.  Brazos, piernas, abrigos negros y caras pálidas. Todos de paso.  Gente con un pie deteniendo la puerta para que no termine de cerrarse. Bolas de billar que tan pronto chocan salen despedidas hacia el sitio más alejado de la mesa.  Todos con un mismo objetivo: que cualquier día sea ese, en que por fin puedan irse. Allá donde quizás habrá quién los llame por sus nombres. Aquí ella es gente, inquilino, trabajador, comprador, pasajero.  

Abre la ventana y el aire helado le pica las retinas. Caen goterones sobre el mapa. Una parte del sendero fluorescente de salida se escurre sobre otros vecindarios e inunda una iglesia.  Se pasa los pulgares por los párpados y dobla el plano. Se pregunta si algún día extrañará algo de aquello. Se contesta que es necesario conocer un camino, un edificio y un apartamento para conocerlos todos. Quiere engañarse al menos por un tiempo. Sabe que allá no encontrará sino calle y gente también. Allá lentamente se convertirá en aquí y las ganas de irse aparecerán con más  fuerza. Correr, correr como todos. Escapar otra vez de la costumbre viscosa que la llama a ser una pieza más de mobiliario urbano. Pero puede ser que allá...

Debajo viven otros



eternidad relato, vecinos relato

Tercer piso: 


Contra mi costumbre escribo temprano. Los rayos de sol se empeñan en quitarme toda la paz del sueño. Digito torpe sobre el teclado. Se trata de una escena breve sobre la monotonía de la eternidad. La eternidad es el mismo segundo repetido. O el infierno.  Al texto parece no agradarle tampoco el turno matutino porque me obliga a tejerlo y destejerlo sin avance. Ahora las letras van y vuelven a través de  una edificación rellena de pasillos blancos y habitantes a los que no logro inventarles un rostro. Después de cada palabra me cuestiono el sentido de seguir construyendo realidades tan frágiles, después de todo nada permanece. O quizás la costumbre, quizás...

Segundo piso:


Una mujer agita los brazos y se balancea precariamente sobre los tobillos en una cama plástica. Inicia con saltitos inseguros hasta tomar suficiente impulso y comienza con la rutina diaria.  Pájaro contenido en su caja de cemento. Por las ventanas se desliza el rumor metálico cada vez que cae y se eleva. Su cielo se estremece bajo un tecleo de movimientos en vaivén que no alcanza a turbarle el equilibrio. Cuando alza los ojos  imagina que las nubes flotan sobre su cabeza, sólo eso. Yo no existo encima, ni adivina que escribo sobre ella. 

Primer piso: 


Hombre y mujer. Él es viejo y tiene la piel demasiado tostada para su edad. Se ajusta un pedazo de peluca al cráneo pelado. En unos minutos saldrá a la calle a hacer la compra. Pan recién horneado, café negro sin cafeína, leche deslactosada. El tiempo pasó pronto. Peina los costados y extiende las arrugas de la frente con la yema de los dedos. Sus manos aletean silenciosas reconstruyéndole la cara. La mujer lo observa desde la cama. El sonido del techo los envuelve en una leve vibración que se empeña de despertarla. Es  hora pero hoy tampoco hay nada que hacer. Siente esa tristeza de los días iguales y restriega las mejillas en la tibieza de la almohada.  El retumbar del cielo continúa; rudimentario despertador de varillas, concreto y rechinidos, si acaso la luz y el sonido de la vida pudieran apagarse con un botón. Otra noche se ha les ha ido ya de la vida. Otro día.

Planta baja: 


Un perro blanco levanta instintivamente la punta de la oreja. Escucha las teclas deteniéndose en un intervalo de pocos segundos y volviendo sobre sí. Es menester de los hombres ir y volver en una trayectoria pendular. Crear y destruir. Un espasmo le recorre el cuerpo, es un ave con extremidades que no alcanza a levantar el vuelo y se afana pesadamente. Resuenan los chirridos más allá del túnel relleno de escalones. Escalones que llevan un universo sonoro. Universo inaccesible, más allá de la grieta de espacio en que él vive. En la nariz se le encona un olor a laca recién vaporizada, cabello sintético, cama recién abierta, bolsas de compra con moronas de pan añejo. El cielo le entretiene por un momento, después de arrellana para volver a un sueño de formas verdes infinitas. Aún faltan varias horas para volver a su papel de perro de un hombre que vive para trabajar, alimentarlo y, muy de vez en cuando, llevarlo a pasear. 

Sótano:


El aire limpio de la mañana ulula por un agujero. Tres telarañas se mecen atendiendo a sus órdenes invisibles. La araña abre las fauces y excreta otro tramo, lo extiende con la punta de las patas. Ha girado ya seis veces en una espiral nueva. Sobre sus trampas se mece un ser que digita teclas, un cuerpo rosáceo que rebota en patrones regulares sobre los talones, un animal empeñado en retener el tiempo y otro que aún no encuentra la vereda para arrancarse del sueño, un perro de pelo sucio. Aguarda, pronto vendrá el destino a traerle el desayuno. Siempre cae algo más, la vida se gana con paciencia y espera.

Cimientos: 


Un millón de gusanos cavan diminutos túneles. No saben de luz ni de tiempo; día y noche pasan a través de sus cuerpos transparentes sin notarlo.  Desconocen el  viento que mueve las cosas inertes para traer la providencia. Tampoco comprenden de lenguajes escritos, energía eléctrica o cielo raso. Sus túneles jamás tendrán escaleras o trampolines individuales, para ellos la vida es lineal y absoluta. Acaso sólo perciben la vibración de esos seres que habitan en un universo probable pero incomprensible. Hoy es un segundo repetido millones de veces, la eternidad es una sola tarea que realizan en inconsciencia. Y a pesar de que nunca han hecho un cambio en sus costumbres, su cuerpo colectivo sabe que hoy es el  día en que echarán abajo todo el edificio.

Día sin número en Varsovia


levantamiento de Varsovia
Foto: Museo histórico del levantamiento de Varsovia. 
Jozefa Glowczewska “Ziuta” sirviendo sopa en una cantina insurgente.


Sirve sopa y me mira sabiendo que no tiene caso echarme una sonrisa. Tal vez no quedará  nadie en el mundo para ver su fotografía.  Tiene esos ojos ajados y negros, rotulados por la sombra tenue de hollín de tantas noches sin dormir. Hoy es la tarde que se prolonga, un día sin número ni cuenta. 

Yo sigo apuntándole directo para que se detenga, que deje de mover el cucharón que vuelca sin descanso dentro de los botes que antes llevaban leche. Nuestra leche, nuestras vacas, nuestras madres, nuestro pueblo. Todo es un recuerdo de algo, pero ya tan lejos que pienso como un sueño. Pero continúa.

La primera vez que la fotografiaron era niña. Su madre se había pasado la mañana entera encajándole pasadores y cosiéndole flores de papel en la cabeza. Ahora sólo usa una cofia negra que le entretiene el cabello negro. No importa Ziuta. Si la sopa de trigo se llena de pelos a nadie va importarle un carajo, ya es una sopa sin sal, atascada de hollejos negros y animales ahogados. Por un cabello tuyo nadie se va a importunar. 

Le meto el lente casi en la tinaja humeante. Sigue ahí parada moviendo las manos arriba abajo, ladeando la boca negra de ese pocillo abollado ¿morirá éste hombre al que le sirves el caldo insípido antes de que se enfríe el último trago?  

Trae puesto el anillo de otro  día en que la fotografiaron. El día de la boda. También traía flores entre las matas obscuras. Caminó por la plaza llena de flores. Los observaban desde lejos paseantes e invitados. Un día bueno, verdaderamente bueno entre estas calles, que se han hecho ceniza bajo sus pies. Maldice, maldice entonces si no quieres sonreír, pero levanta la cabeza o arráncate el mandil de cuadros verdes o lánzate a correr y alcanza los bosques. Allá se fueron otros a esconderse, dejaron sus casas , a sus gentes, las calles vacías. Allá se fueron dos de tus hermanos y tu hijo Piotr y Ana la de que horneaba tan buen pan, la que nos salvaría de esta sopa rancia. No sabemos. No quieres saber. Prefieres imaginarte que se fueron lejos, que alcanzaron a brincarse todas las cercas y siguen corriendo, no sé, allá en el sur, donde la mancha negra no ha caído, ni la roja tampoco, donde no los encuentre nadie. 

En el fondo sabes, por eso no sonríes. Sigues buscando en el fondo de la olla un pedacito de carne, no como la que sirvieron en tu boda, carne de cerdo y de carnero, no, esta será de otro tipo, una carne suave y pellejuda, pero que te trae el recuerdo de un día feliz, con invitados y  flores en el pelo y sonrisa mirando la cámara.  

Viene otro más a rellenar un trasto. Tú parada con tu vestido azul, sobado, ajado, pero limpio. Te has tomado la molestia de ponerte un mandil para no salpicarte con las gotas grasientas del cocido, que en otra circunstancia jamás habría tenido cara para ofrecer. Pero es lo que hay. Por lo menos ya no te tiemblan las manos como el primer año, cuando se vino encima el cuervo negro, ni cuando te enteraste de lo Jozef, ni cuando se desapareció Pavel. 

Cuando vinieron a decirte que se iban a levantar dejaste de temblar por fin. Se te inyectaron las venas de un líquido espeso que te mantiene de pie. Le llamas esperanza. Quizás otros podrían pensar que se llama locura o ingenuidad. Pero nosotros sabemos que es más que eso porque compartimos el ardor que nos causa su circulación. Arde. Quema. Son las ganas de volver a dormir de corrido, de poder buscar entre los escombros y poner las cruces sobre los nuestros. Ni eso hemos podido hacer Zuita. Ni eso.

Sirves otro poco más escarbando en las esquinas, aún pueden ser tres más antes de decirles, con la misma expresión con la que me miras ahora, que se ha acabado. Mañana vendrán menos, sin embargo  tampoco alcanzará para todos. Luego menos. Luego tal vez ya no tú. Luego tal vez una mujer con tus ojos pero sin mandil será la que raspe el fondo y anuncie que ya no queda nada. Quieres pensar que uno de estos días será alguien, quien sea, anunciando que han ganado. Se servirá una buena sopa con frijoles y carne de cordero y se sentarán a reposar la comida debajo del techo de una casa que no esté rota. Cantarán canciones y se pondrán flores de nuevo en la cabeza.  

Al menos yo voy a llevarte en una de mis placas ¿Qué más puedo hacer? No importa que ya no tengas brillo en las mejillas.  Después no quedaremos tampoco tu ni yo, pero alguien, quien sea. Al menostú  podrás quedarte descansando un rato en la obscuridad de mi caja de metal. Cargaré contigo y con tus trastos desconchados. Te puedes llevar también el cucharón repleto como quien carga su hijo muerto o al fusil. Con tus manos blancas, con tu cofia y tu mandil de pequeños cuadros. 

Uno de estos días volverá a correr frente a tus ojos la luz, esos tus ojos ennegrecidos de tanto mirar quemazones y ruinas. También volverán los arboles verdes y los cantos de los pájaros. Quizás no todo está condenado. Quizás entonces quede alguien.  Alguien que pueda sonreír otra vez.

*** 

La fotografía de “Ziuta” fue tomada durante los 63 días de la resistencia en que Varsovia decidió retomar la ciudad (del 1 de agosto al 2 de octubre de 1944). Los ocupantes nazis exterminaron a los alzados y destruyeron por completo la ciudad  mientras los rusos esperaban detrás del río observando la destrucción. Los sobrevivientes fueron llevados a campos de concentración, principalmente en Treblinka. Antes de la invasión nazi en 1939 Varsovia tenía 1,300,000 habitantes. Al final de la guerra en 1945 sólo quedaban aproximadamente 20,000 sobrevivientes ocultos entre las ruinas.